domingo, 8 de octubre de 2017

Tris, a la pizarra

Hoy, que a sufrir no se enseña en ningún colegio a los niños hay que tratarlos de usía y reírles hasta los cuescos, el Ocejón es una escuela de esfuerzo puro, un desierto en cuesta donde se prueba el temple de los que se dicen amantes de la montaña, una inmensa piedra de toque para calibrar al excursionista de ley y al dominguero que recoge velas al primer cuestarrón y se baja a pacer en un mesón de Majaelrayo.

Como estos sherpas no me sacan de paseo, hoy he decidido salir yo solito a una etapa que tenía sobre el papel (sobre la pantalla, mejor) desde hace meses. Se trata de uno de esos refritos o collages de tracks del Wikiloc que tanto me divierten. Los tengo a puñados. Sólo unos pocos se hacen realidad. Coges una zona, miras los tracks, buscas dónde pone que no se puede hacer, entonces hay alguien que sí que lo ha hecho, pero que desaconseja repetirlo o hacerlo con mucho cuidadito... ¡y a cortar y pegar trocitos sobre el mapa!

Aunque con fresco, salí del coche en Campillejo (cerca de Majaelrayo) a bastante más temperatura de la que esperaba (en el coche me llegó a marcar un mísero y solitario grado en algún momento). Ahora, nubes, cero. El día prometía. Prometía chorretones de sudor y bracetes quemados que, aunque lo pensé, no me eché crema al salir de casa. Vaya por Dios.

Un señor muy amable que regaba las piedras lajas de pizarra frente a su casa me confirmó que sí, que por allí se sube al Ocejón (este de la bici está tonto, pero en fin...).
¿Quieres un poco de agua?
No, no se preocupe, gracias; pero puede que a la vuelta sí que le pida. Adiós, adiós...


Muy agradable el paseo a pie de sierra, calentando piernas y disfrutando de la todavía tibia, solitaria mañana.


Pasados algo más de tres kilómetros, me encuentro que en la pantalla del gepeese pone "inicio de la primera parte de la subida". Y sí, es verdad. Y además, aparece el material del que está hecho todo el macizo, las afiladas pizarra. Aquí, aún en su formato más menudo y digerible.


No se sube nada mal por ahora. Además, la vegetación va protegiéndome del sol y el paisaje, la verdad, distrae.


Vehículos autorizados. La Tracer 275c viene está autorizada de fábrica. He dejado atrás otro cruce parecido, también está señalado como subida al Ocejón, pero éste es el que tengo en el gepeese, y decido seguir lo que diseñé, no vaya e ser que...


Sí, mira; por aquí se sube.


Pequeño descanso de cinco segundos con la socorrida excusa de la foto a, creo, Campillo de las Ranas. ¡Toma nombre bonito para un pueblo!


Unos minutos, bastantes, más tarde, las cuestas hacen que eche pie a tierra, imposible traccionar. El paisaje se pone agresivo, las pizarras se verticalizan. No debo de parecer demasiado "pro" en esos momentos porque unos andarines con los que me cruzo me dicen con sorna que ya casi estoy arriba, como diciendo que adónde voy.


La Tracer, cubierta de un polvillo ceniciento, reflexiona un rato acostada sobre las rocas.


Mientras ella piensa, a veces hay que dejarla un rato a sus cosas, echo unas fotos p'arriba y p'abajo de las cuestas que luego tendré que bajar. Tienen una pinta soberbia, lo que pasa es que habrá que andar fino para que esas cuchillas asesinas no corten las cubiertas en alguna maniobra descuidada.


En las Peñas Bernardas (lo pone en el gepeese) me entero de por qué se llama así el collado de un poco más arriba. Lo pone en el carteloide.


¡Uffff! Echando un ojo p'atrás, me explico lo que me ha costado empujar la burra hasta aquí. Habrá que pedalear un poco ya, no sea que me vea alguien que me conozca...


No diré cuánto pedaleé, pero coroné el Collado de Las Perdices subido en la bici. Allá al frente, las rocas que están frente a las Chorreras del Agua, en la parte que da a Valverde de los Arroyos, que es la primera parte de la investigación de la etapa que os estoy preparando, sherpas, y que hice andando hará poco más de un año. Va a quedar niquelada, ya veréis.


Desde el collado se ve ya el Ocejón. Y también su hermanito, el Ocejoncillo. Los dos, suavecitas ondulaciones (es un efecto óptico) a la derecha de la panorámica. Iba a mantener cota, pero un amable corredor —que casi se mata al cruzarse conmigo— me informa de que es un canchal impracticable, que mejor baje por ese senderete que se intuye, para luego subir por la "suave" y verde ladera que se ve a la izquierda de la foto.


A los pocos minutos de haberle hecho caso, la lengua me llega a las zapatillas. Decido parar a la sombra de un solitario y benefactor árbol a dar un sorbo y a tomar una barrita. Departo con unos andarines que no me creen demasiado cuando les confirmo que pienso bajar montado todo el camino. Si ampliáis la foto, (¡cagüentó, si parece que es llano!) veréis el empedrado. Lo malo es que cuando te pones, las lajas de arriba resbalan sobre las de más abajo y es tan difícil subir "a pata" como "a pedal".


Hasta arriba hago algunos trechos en bici y otros a pie, según que el goteo de sudor esté por encima o por debajo de las cien gotas por minuto, que a la patata prefiero no hacerla caso, que hoy no llevo pulsómetro. ¡Pa qué!. No sé cuáles de ellos (trechos a pie, trechos a pedal) me cuestan más. Pero es que hay partes imposibles por los melones que hay sembrados por toda la subida. La última parte... a pata.


La maja desnuda, en el collado entre los dos Ocejones.


El montañero que véis de espaldas, unos momentos antes de la foto se acercó a mí (qué querrá este hombre) y me obsequió con un apretón de manos, dándome la enhorabuena por haber subido hasta aquí con la bici. "No, pero he hecho mucho bajado". "Ya, ya... Me da lo mismo"


Como decido no hacerme los cien metros de desnivel con la Naranjita a cuestas (algo habrá que dejar para cuando estemos todos juntos), salvo los pocos metros que me separan de la cima del Ocejoncillo, que está la nada desdeñable altura sobre el nivel medio del mar en Alicante de 1956 m.


La cima es poco amigable, hosca, incluso cabroncilla diría yo. Aún así, logro rodear el picachete montado para que aparezca un bonito redondel en el track luego cuando lo mire.


Pero cuando lo miro resulta que he hecho un ocho, o unas gafas, no sé. Pero es falso: el más oriental es empujando; el de la izquierda sí que es manteniendo el equilibrio sobre la bici.

(Más bien parecen unos impertinentes invertidos)
Foto para que os penséis si os apetece subir o no a la cima del Ocejón. Advierto que sobre el terreno las ganas menguan. Además lo que parece sendero os aseguro que no lo es.


Aquí se aprecian las dos vertientes: a la izquierda, el sur, la bajada a Majaelrayo y Campillejo; a la derecha, el norte, a Valverde de los Arroyos.


Última foto en la cima. Honda inspiración, y hala, a tirar para abajo. Con cuidadín, que voy solo. Y si me caigo en estas pizarras me hago lo siguiente a daño.


De la bajada, comprenderéis, cero fotos. Muuuuuy requetebien. Despacio, pero divirtiéndome un montón. La primera parte bastante suelta, pero la Fox hizo su trabajo. La segunda parte, zona de Peñas Bernardas, algo más inclinada pero, con la tija pija y el culo p'atrás, de relujo. La tercera parte se trataba de un desvío para dirigirme hacia Majaelrayo, no había subido por allí. ¡Hice bien! Se trata de la parte más divertida, con algunos escalones juguetones en los que arriesgué un poquito (sólo un poquito) más.

Me cruzaría con unos setenta montañeros repartidos en varios grupetes. Todos alucinaban. Parece que se ven pocas bicis por aquí, aunque me consta que sí que se sube, porque los tracks de Wikiloc que empleé eran de ciclistas.

Una delicia: cada vez que me encontraba con un grupo de andarines, reducía la velocidad hasta que me oían o veían; entonces "buenos días, gracias", "no hay de qué, buenos días". Si subían, les ofrecía el paso. Todos, sin excepción, muy amables, sonrientes, habladores... Ni un mal gesto de esos a los que estamos casi habituados. Es más, alguno me decía "¡pero dale candela, pasa, pasa!".

Me hizo gracia una mujer que iba a la cola de un grupo de cinco o seis: "¡Cuidado!¡Aunque no os lo creáis, baja una bici..."

Al final del sendero, divertidísimo, paro cuando ya casi estoy en el pueblo.


Bonito Majaelrayo, fresquitos botellines, pero demasiado "madrileñizado", creo que me entendéis. Pero tendrá que ser así. De otra forma esta zona (pueblos negros, también la cercana Sierra Pobre...) estaría totalmente muerta, supongo.

El resto del camino hasta Campillejo es un agradable pie de sierra, suavecito, ondulado. Aquí desemboco en uno de los cruces que recuerdo de la mañana. Hace calor, tengo sed y hambre.


Al poco aparece Campillejo. No os he contado, pero me dejé el tupper con la comida en la nevera y la bolsa con el culote, la camiseta y el pantalón en casa :( Así que espero que haya algún lugar para comer. Lo que sí, tendrán que soportar la peste, porque no tengo nada para cambiarme.


Mira, sí, algo hay. Y una fuente donde adecentarme siquiera un poquitín.


Al final sí que se me arregló. Habría estado bastante mejor con compañía, pero otra vez será.


Se me olvidaba: el verdadero enduro está en la carretera. Sólo dos fotos de las mil que os podría poner. No sé yo si la Diputación de Guadalajara tiene conocimiento de la existencia de esta carretera, perooooo... En especial unos cinco kilómetros entre Corralejo y el río Jaramilla en los que hay baches que se tragarían un trailer. Este tramo de dos kilómetros y medio además es de un hormigón rayado que te deja sin empastes, uf.




sábado, 9 de septiembre de 2017

XXVIII TNCC II - Quirós - Bárzana

Hala, a buscar un traductor, como he tenido que hacer yo, que no sé qué é lo que é "paradieses".

Voy a ser bueno con vosotros y sólo os contaré una parte de los horribles sueños que tuve aquella noche, todos plagados de hormigones verticales, estrechísimos y empinadísimos senderos (ora muy p'arriba, ora p'abajo... ora pro nobis) con horrendérrimos barrancos a izquierda y derecha, frenos chirriantes en los que se podría freír un huevo (o los dos, ya puestos), salpicado el camino por vacas que se reían (vacas que tenían la cara de Paquirrín, no sé, no me preguntéis el porqué) inmisericordes con mi/nuestra desdicha.

Cuando el sherpa-Samsa se despertó a las seis y media de la mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sudoroso y temblando, aferrado a su camelbak. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le dolían espantosamente.

«¿Qué pasaría pensó si durmiese un poco más y olvidase todas las chifladuras?» «¿Podrá un vil escarabajo mantener el equilibrio sobre la bici para dar siquiera un par de pedaladas o tres?»

Comoquiera que estábamos allí y habíamos pagado para hacerlo, cinco escarabajos nos pusimos manos a la obra y salimos desde Entrago montados en la furgosherpa hacia Bárzana de Quirós. Todos con la idea de comenzar la etapa, de intentarlo al menos. Todos... menos uno.


En la salida nos sorpredió ver mucha menos gente que el día anterior. ¿Habrían sufrido durante la noche una mutación masiva en escarabajos también ellos? Sabíamos que 10 ciclistas se habían apuntado solamente para el domingo (¡buena opción, pardiez!), así que calculo que menos de la mitad habíamos "sobrevivido" a la (preciosa) ruta del sábado desde Villafeliz.


9'10 de la mañana, salida. Sobre la bici, nuestros cuerpecillos de coleópteros se estaban adaptando al pedaleo mejor de lo esperado; pero nos habíamos propuesto salir los últimos y subir a ritmo escarabajil para llegar también los últimos, sin gastar un átomo de fuerzas y decidir arriba qué hacer.



"Arriba" estaba dieciocho kilómetros más adelante, todos de subida, salvando un desnivel de 1200 metros de una vez, de golpe. De golpe, pero por pista, lo cual favorecia nuestra estrategia de subir "recuperando".


También tengo que decir que pedalear con la temperatura que hacía y por estos paisajes (bonitos, variados y, para nosotros, tan diferentes), también distrae y hace el sufrimiento más llevadero.


Estamos pedaleando por la Senda del Oso, antiguo trazado de un ferrocarril minero. Son tres kilómetros iniciales de un terreno muy favorable para las condiciones físicas de los sherpas-Samsa.


En Santa Marina, cruce de caminos, encuentro de los ríos de Lindes y de Ricabo, unión de dos valles del concejo, me llama la atención el cartel que anuncia la Mina Mariquita. Más tarde, ya en casa, me entero de su trágica historia (Mina Mariquita, 1973), que es la de muchos de estos sufridos pueblos del norte de España.


Un kilómetro y medio más adelante hay un cruce en el que se nos ofrece la opción de acortar el recorrido. Nos lo tomamos como una tentación del mismísimo Belcebú y, muy dignos, no hacemos ni el más mínimo caso. No tardaríamos ni cien metros en arrepentirnos de nuestra soberbia: la subida de verdad comenzaba aquí, nada más girar a la izquierda.

En este tramo de repechos más o menos empinados, me dedico a pedalear tranquilamente, preguntándome si realmente vamos los últimos. Luis y Pablo se adelantan un poco. Concentrado en el pedaleo, llevando el ritmo con el tarareo de alguna rítmica y preferiblemente lenta cancioncilla, estoy una hora sin hacer fotos, justo hasta aquí:


Algo más adelante, paro porque me encuentro a Pablo con la cadena rota. Me dice que cambia el eslabón rápido y que sigue inmediatamente. Vale, yo entonces voy tirando, que me coges en cero-coma.

Pistas, picos, praus allá abajo, vacas, pastores llamando a sus vacas... Pequeñísimo descanso horizontal sobrepasada ya la mitad de la subida. Luis ha desaparecido allá a lo lejos. Las vacas acuden obedientes a la llamada del pastor para llenar sus estómagos.


Al final del descansillo que os digo, hay un abrevadero salvador. Tiene una fuente de la que mana un Bálsamo de Fierabrás que obra milagros en mi ánimo. Siento como si de escarabajo evolucionara a, pongamos, pangolín.


Las escamas molestan, las patitas son muy cortas, pero el pangolín pedalea mejor que el escarabajo, ¡dónde va a parar! Además, justo aquí, un grupo de amigos asturianos me acogen en su seno.


Suben animosos y a un ritmo que me viene de perlas. A alguno de ellos le oigo decir que no puede con su alma, pero sus caras y las cabriolas que van haciendo dicen lo contrario. En cualquier caso, un lujo subir con ellos y una suerte habérmelos encontrado, que ya me aburría solo. David está algo más atrás y Pablo no viene, qué raro...

Foto de Saúl Menéndez Argüelles
Otra cosa buena es que se saben el recorrido y me van comentando cuánto llevamos y lo que nos falta. Yo ya me voy haciendo una idea de lo que hay. Al rato el paisaje se abre y me dicen que falta muy poco para el avituallamiento. La cosa ya tiene otro color.


¡¿Este chico qué ha desayunado?! Por lo que me contó David, en los descensos también estuvo ahorrando goma de la rueda delantera, ¡vaya crack! Yo le diría que se contenga un poco, que cuando tenga cincuenta y tres años le van a doler mucho/muchísimo los huesos. Creo. Pero calculo que aún le restan más de treinta para seguir jugueteando y divirtiéndose así, jeje...

Foto de Saúl Menéndez Argüelles
Arriba ya, las cosas se ven de otra manera. Las piernas van bien y voy pensando en que estaría bien encontrarme con unas naranjitas ricas en el avituallamiento. Porque lo de que tengan unas cervezas...


Enfrente, un imponente paredón al que los chicos de BTT Pelayo llamaron No-sé-qué del Diablo, Pared del Diablo o algo así, no recuerdo.


Corre un viento desapacible aquí arriba. Me encuentro a Luis parapetado detrás de un todoterreno. Después de coger alguna vianda (naranjitas ricas sí que había, qué bien) me siento con él a esperar al resto de ex-escarabajos. Por cierto, no hablamos nada de darnos la vuelta, no tocamos el tema, jeje.


David llega. Qué raro que Pablo no aparezca ya...



Aquí está por fin. Aparte del problema del núcleo trasero con el que no os voy a cansar, parece que ha puesto hasta tres veces mal la cadena al montar el eslabón rápido, pasándola por todos los huecos equivocados posibles. Cosas de las prisas. Menos mal que parece que poco a poco se le va pasando la malajoxtria que se le pone a uno cuando pasan estas cosas. Y, afortunadamente, ya la cadena no le volvió a dar problemas en el resto de la marcha.


En el entretanto, me acerco a un miembro de la organización que está explicando desde lo alto el resto de la etapa, que se ve todo desde aquí. En esencia, la primera parte de subida estaba casi superada. Y el resto, 27 kilómetros, excepto un par de subidas, en especial una que ya os contaré, todo descenso.


Foto con los asturianos. ¡Gracias amigos!


Dos kilómetros y pico más de pedalear picando hacia arriba para comenzar el vertiginoso, divertido, toboganoso y serpenteante descenso.


Paqueños grupos van esperando a sus componentes de tramo en tramo, como si quisieran dilatar el momento de la bajada para saborear los ratos en los que nos envuelven estos paisajes sobrecogedores. Que esta es la filosofía de los organizadores: disfrutar de la bici, de los paisajes, de la compañia y del compañerismo. Sin chips, sin tiempo, sin cronómetros y sin clasificaciones.


Este es el momento. Desde aquí, siempre para abajo, senderos, toboganes, piedras, flows... todo maravilloso si no fuera (ya casi se me había olvidado) por los chirridos de mis frenos. ¡Vaya puñeta! Luego en casa me daría cuenta parezco nuevo— de que llevaba los discos en las últimas. Llevaba meses purgando, cambiando las pastillas... y al final era tan sencillo como eso. ¡Habría disfrutado el triple si me llego a dar cuanta antes de salir de Segovia!


Tirad vosotros, que yo intento seguiros lo más silencioso(?) que pueda. ¡Enjoy!


Si pudiera, habría hecho mil fotos. Pero podéis imaginaros que lo de las fotos en estas condiciones (un pangolín sin frenos) tamoco es demasiado fácil. Hice algunas en las obligadas paradas. Obligadas, a veces, por el paisaje, a veces, por la necesidad de relajar algún musculillo. Que el que piense que bajar no cansa, es que no tiene ni idea.


Al final de un precioso tramo al estilo de las corredoiras gallegas, un verdadero túnel de verdor, estaba esperándonos Ete: seguro que un poco arrepentido de su cabezonería, aunque nunca jamás de los jamases en la jamasidad lo reconocerá.


Charlamos un rato con un dicharachero motorista que seguía la prueba.


Justo en esos momentos David estaba siendo preguntado por sus problemas sentimentales (creo que literalmente, ¿no?). Como sea que éstos no se sustanciaban en nada concreto o quizás por el poder de convicción de alguno de los que aparecen en la foto, no tuvo más remedio (seguro que ya estaba en ello) que continuar con el recorrido y olvidarse de tonterías tales como tirar por un camino alternativo para acortar la etapa.

Foto de Saúl Menéndez Argüelles
Creo que más adelante tuvo el problema añadido de perderse durante un rato del recorrido marcado, aunque más tarde, dando masrcha atrás, logró retomarlo.

Nosotros, mientras, estábamos en el cruce con una pista por la que tendríamos que subir unos cuatro kilometretes ya  un ritmo bastante animado. Parece que se nos habían pasado ya todos los dolores. En la furgo, Joaquín había ayudado a los chicos de la organización almacenando las cintas de plástico que iban recogiendo después del paso de los últimos de la ruta.


Cerca de la fuente Fonfría y justo antes de abandonar la pista y desviarnos a la derecha y hacia abajo de nuevo, un pequeño avituallamiento líquido. Muy bien puesto para refrescar nuestros secos gaznates.


Quinientos metros de desnivel en cinco kilómetros de descenso por un senderete chulo. Pero sin demasiadas fotos, me perdonaréis el disfrute:


Dejamos el pueblo de Ricabo a nuestra derecha sin haberlo visto, justo cuando se termina el descenso y comienza el último repecho importante del día. Primero un tramo bastante llevadero.


Luego, el firme de hormigón (mmm...) no hace presagiar nada bueno. Pero ya que estamos, lo hacemos encima de la bici para salir más guapos en las fotos.


Hasta que ya no es posible. En otras condiciones, quizás, pero ahora hay que ahorrar energías. Antes de bajarnos, nos aseguaramos de que nadie mira...


En cuanto vemos que se puede, volvemos al lío y nos subimos en las burras. Es un tramo final duro, pero se hace relativamente bien. Y os digo que hay momentos en los que casi cansa menos que empujar...


Me entretengo solo un momentín para hacer esta panorámica de lo que vamos dejando atrás. Abajo, ese pueblo debe de ser Ricabo.


Ahora los Asturcones nos premian con un tramo de pista fácil y veloz. Los kilómetros pasan más rápido, lo cual se agradece. Ni nos acordamos del cansancio de ayer. Bueno, del cansancio, sí; pero ahora no concebimos pensar en no haber salido a hacer el recorrido de hoy. Cosas del ser humano (ya no escarabajos o cucarachas, ni pangolines) sherpa.


Tanta foto, que éstos se me van sin darme cuenta. Tengo que guardar la cámara y apretar durante unos minutos. Entre que yo corro y ellos me esparan, rápidamente volvemos a juntarnos para llegar hasta Villamarcel.


Villamarcel: mecánico, ambulancia, comida, bebida y charla. Último avituallamiento, ya muy cerca del final. Parece mentira, pero ya notamos que nos da pena que esto se esté acabando.


Joaquín, que se ha estudiado el recorrido, nos espera allí.


Mmmmm... Parece que se ha quedado encajado en esa expresión, ¿no?


Huele a final y vamos rápidos en este bonito sube y baja que nos lleva por Cuañana y Faedo.


De nuevo, bosques sherpiles en los que no podríamos diferenciar sufrimiento de disfrute; las dos sensaciones se funden/confunden padalada tras pedalada.


Después de saludar a una familia que ha elegido un día regular para pasear por estos parajes, de pronto nos encontramos en un lugar con un encanto especial. Se trata de los Molinos de Corroriu.


Tres molinos escalonados que se utilizaban (¿utilizan?) para moler la escanda y el maíz con la fuerza que proporciona el agua que baja por el arroyo Corroriu. Castaños y avellanos terminan de aportar ese puntito casi mágico.


Anotación personal: El lugar merece una visita más reposada, un paseo tranquilo y con tiempo.


Plenos, pletóricos, henchidos de orgullo y satisfacción, pedaleamos los potreros kilómetros que nos han de conducir a la gloria plena... (acompánense las antedichas palabras con un cuarteto de cuerda apropiada al momento en cuestión). Bueno, que era la hora de comer y que la certeza de las ya próximas cervezas después de una ducha reparadora nos daba alas sherpas en los últimos kilómetros no me lo puedo creer—  ¡asfaltiles!


Un trocito de la ruta que habíamos hecho por la mañana, atravesando el Museo Etnográfico...


...nos lleva hasta la meta en el polideportivo, igual que el día anterior. Un placer y, al mismo tiempo, quién nos lo iba a decir a las nueve de la mañana, una pena.


Empate. Después de tanto correr, llegamos los tres a la vez. Si el día anterior habíamos llegado bastante adelantados, hoy hemos llegado bastante atrás: posición más sherpa. Pero como veis, aún no hay estrellas en el firmamento ni ha salido la luna.


David, justo antes de tirar la bici por un barranco. Especial mención a la fuerza de voluntad de David, al espíritu sherpa, que se hizo la mitad de la etapa en solitario y con el culete pelado. ¡Ah!: Sin problemas sentimentales ;)


El poder de la voluntad que consigue lo que no creías posible. Justo 24 horas antes jurábamos que no íbamos a montar más en bici. Pero aquí nos tenéis, con más ganas que nunca. Y este sherpa, que hizo bien, pero hizo mal. Las dos cosas juantas y a la vez.


Bueno: todo ello hace que al día siguiente ya tuviésemos ganas de volver, de recorrer los mismos o parecidos parajes; de sufrirlos y disfrutarlos; de gotear el recorrido con nuestro sudor, para luego tener la excusa perfecta para recuperarlo en forma de zumo de cebada. O sidra, que tanto da.


Dos jornadas. Cuatro mil metros casi clavados acumulados de subida, cuatro mil setecientos de bajada. Lo que aguanta el cuerpo humano, siempre más de lo que piensas. ¡Lo que hace la fuerza de voluntad, aunque ésta sea escasa!¡Lo que aguantan nuestras bicicletas! A veces pienso que valen lo que cuestan.

Por cierto, el Sunrace 11-50, perfecto. Encantado con el monoplato. Sé que no voy a ganar ningún sprint, pero los años me han habituado a no ganar sprints, asumidísimo lo tengo. (Ni subidas, ni bajadas...) Paro ahí estamos, dando guerra.

Resumen gráfico de la ruta. Esta sí que se puede hacer en otra ocasión. Guardada está para cuando os apetezca.




Personal y humilde petición a los amigos asturcones: que sea el próximo año sea en agosto. Prometo dar la lata para que subamos un grupo más numeroso que este año. ¡Me ha encantado!

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(Por cierto... ¿alguien me lee?)




Trialera: Dícese de la parte del camino donde tus huevos abandonan su lugar para hacerle compañia a la garganta.